Diario de un viaje y una cuarentena (3)

Castillo de Frías

15 de agosto, sábado. Partimos en dirección a Frías, a un par de horas en coche de San Sebastián. Una vez que se llega a Miranda de Ebro por la AP-1 se inicia lo que es un auténtico tesoro: el recorrido tortuoso de la N-1 por el interior de las provincias de Álava y Burgos.

Me venían recuerdos de cuando trabajar como periodista empezaba a ser algo “serio”, si serio se considera que con mi trabajo me pagaba de forma desahogada la vida diaria desde hacía un par de años. Tenía apenas 25 años y tuve el regalo de preparar un reportaje para la revista El Exportador sobre el movimiento Slow Food, recorriendo el norte de Italia y el de España para conocer una iniciativa italiana como reacción a escándalos alimentarios que devino en todo un movimiento que no solo promocionaba el consumo de alimentos tradicionales sino que también aseguraba la subsistencia de los productores.

Visité los caseríos que producían alubia negra, considerada un alimento-baluarte por Slow Food, en la ribera del río Oria en el entorno de Tolosa en Guipúzcoa y, cómo no, el restaurante Frontón de Roberto Ruiz de Aguinaba, un vasco que ama realmente su tierra y estuvo detrás de sus fogones para hacer de la alubia la realidad gastronómica que es hoy día, presente en los estantes de comidas gourmet. Roberto tuvo que cerrar Frontón en 2017 y sigue creando escuela desde Hika, en Villabona.

Aproveché ese viaje, con noche de fonda incluida, para visitar a un buen amigo en Bilbao y a mi vuelta decidí ir por la N-1 por Vizcaya, Álava y Burgos hasta su transformación en autovía libre de pago. Eran tiempos en los que recién comenzaban a generalizarse los móviles e Internet no había impuesto todavía su dictadura productiva en la industria editorial española. Y me las apañé para ir sin fotógrafo, a mi aire. Otros tiempos, cuyos recuerdos me hicieron aferrarme al oficio de plumilla cuando aparecían los malos momentos.

La carretera Nacional 1 en Vizcaya y Álava (en Guipúzcoa y Navarra es autovía) a comienzos del 2000 adolecía de falta de mantenimiento y serpenteaba por todo tipo de pueblos aprovechando para visitar Orduña, un exclave vizcaíno en Álava, Frías y Santa Gadea del Cid. Territorio carlista en estado puro y resonancias a la cabalgada del Cid, con poblaciones de piedra y templos románicos y góticos, castillos y calles empedradas en pendiente para drenar el agua de lluvia y llevarla a aljibes.

Descubrir la España vieja y en proceso de despoblación tras haber vivido en Dinamarca y Reino Unido y recorrido Europa fue un tesoro, uno de los regalos que me proporcionaba la profesión.

Fueron mis últimos coletazos de una forma de entender el periodismo. Trabajar en publicaciones mensuales no te daba el relumbrón de estar en El Mundo o ABC o publicando como free-lance en El País como en mi época de becario en Sevilla, pero sí el sosiego para investigar, disfrutar la profesión y amarla por permitirme juntar palabras en castellano y vivir de ello sin necesidad de adentrarme en la selva de publicar literatura en España, que suele implicar alternarlo con un puesto de trabajador público, en el mejor de los casos, hasta tener suerte y perseverancia para vivir de ello.

Lo de hacer carrera para comprar un piso, formar una familia, organizar mesas redondas con directivos o trabajar en Londres escribiendo en inglés vendría después. O lo que viene a ser pasar de vivir el poema de Gimferrer “Oh, ser un capitán de quince años” de Arde el mar a entender el poema socarrón de Gil de Biedma “No volveré a ser joven“.

Pasados los 40 años miraba por la luna del coche con media sonrisa tratando de recordar los viejos paisajes de juventud.

Pero, vaya, se rompió el encantamiento. Estábamos en 2020 y en el verano del Coronavirus. Los viejos pueblos burgaleses estaban llenos de veraneantes con mascarillas que optaban por alquilar casas rurales o en un camping para caravanas antes que tirar a la costa valenciana.

Las colas ante tiendas de comestibles y bares de carretera eran la pauta. Las viejas calles y castillos lucen como no recordaba gracias a las ayudas de la Unión Europea, entiendo. Cuando pase el verano y vuelvan las restricciones estos pueblos volverán a su soledad o, ¿quizás, es el comienzo de una nueva tendencia en la que los españoles recorrerán los rincones perdidos del territorio?

Dejamos las maletas en la casa y nos lanzamos a visitar Frías, con el ostentoso título de estar listado entre los Pueblos más bonitos de España.

Las Españas y sus símbolos

Cuando Mariano Rajoy fue ministro de Educación tuvo una idea brillante: crear una especie de beca Erasmus para los estudiantes de secundaria españoles, facilitando que cualquiera pudiese estudiar en una comunidad autónoma diferente en la que se había criado. La idea no prosperó por las presiones de las comunidades con mayor componente nacionalista y la abulia del personaje. ¿Qué es eso de facilitar que se rompan los estrechos marcos mentales fomentados por el nacionalismo excluyente y conocer el resto del país, siguiendo los principios de la Institución Libre de Enseñanza y las enseñanzas del gran Antonio Machado que amó España no por prurito nacionalista sino por haber vivido y conocido su paisaje y paisanaje? Si la idea provoca tantas resistencias y da pocos votos, mejor dejarlo pasar.

Frías nació en el siglo IX, cuando el reino León dio el salto a la ribera del Ebro en su lucha por sobrevivir frente a Al-Andalus, poblándolo con ciudadanos libres de todos los rincones de la cornisa cantábrica, León, La Rioja, País Vasco y Navarra, acogidos a fueros especiales a cambio de montar milicias medievales para frenar las razzias sarracenas, simbolizando la construcción histórica real de España como identidad colectiva con sus virtudes y defectos. Libertad a cambio de inseguridad. El eterno debate.

En este entorno se levantó siglos después la central nuclear de Santa María de Garoña. Y en este entorno se escuchaba a los turistas admirar las viejas murallas, calles empedradas, la cascada de la Tobera y su ermita excavada en la roca mientras hablaban en castellano, euskera y catalán.

Quizás la España futura del cincel y del martillo debería ser esto a modo de frivolidad, gente de todos los rincones pasando sus días de descanso en verano en un lugar histórico que ayude a entender el crisol que somos, siguiendo el artículo “Ada Colau trae España a Barcelona“, en el que Juan Soto Ivars describe de forma brillante el acto auspiciado por Colau en Barcelona con políticos emanados del 15-M de todos los rincones de España (Aragón, Cataluña, País Vasco, Navarra, Aragón, Andalucía, Canarias, etc.) una vez elegida alcaldesa de Barcelona por primera vez.

Transtorno de irrealidad

Volvamos al ahora, difrutando del transtorno de irrealidad, pues para eso están las vacaciones, disfrutando de las vistas del castillo de Frías desde el jardín de la casa rural al atardecer con una copa de Cune en la mano. La noche llegaba y el castillo no está iluminado por el patrocinio de alguna multinacional eléctrica como sí ocurre con el Palacio Real en Madrid, la Giralda en Sevilla o determinadas zonas de San Sebastián. Se entiende que los pueblos de Castilla son una galaxia inabarcable y es complicada la misma iniciativa. Pero, ¿por qué no Frías o Santa Gadea del Cid a partir del próximo verano?

En medio del silencio en una noche llena de estrellas gracias a la escasa contaminación lumínica tocaba irse a dormir temprano para madrugar. Santo Domingo de Silos nos esperaba.

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